Sobre El otoño del patriarca

por | Abr 20, 2021 | Creatividad, Lectura | 0 Comentarios

Reseña por el Dia del Libro 2021. Válida para todos los días del siglo, por anticipado o con carácter retroactivo.

Siguiendo el hilo a Gaston Bachelard “en la resonancia escuchamos el poema, en el retumbo le hablamos, es nuestro”, El otoño del Patriarca tiene tantos retumbos como lectores. Es posible encontrar, o no, a Rubén Darío, Julio César, Suetonio, la Pájara pinta, algún ciego célebre (Homero o Borges, alguna vez Paganini), a Esaú vendiendo su primogenitura por un plato de lentejas, a Jezabel, a Dulcinea, al caballero de la mano en el pecho, a Papa Doc, el dictador haitiano, Felipe II, Mambrú, la matanza del Templo Mayor, la barca de oro, la dama duende …

Y de palique en palique, de retumbo en retumbo, de imagen en imagen, del libro al hiperespacio y volviendo, es posible que descubramos una historia del mito dariano o una imagen de la colonización del continente americano por los españoles o… nada, y únicamente hemos disfrutado de un libro escrito por Gabriel García Márquez.

Y si no hemos encontrado nada ni a nadie por el camino, quizá nos haya cuestionado la tríada:

  • Patriarca Alvarado, dictador 100% visceral
  • Patricio Aragonés, su doble perfecto
  • Ignacio Sáenz de la Barra, dictador 100% racional

O la razón de los nombres de los generales Saturno Santos, Jacinto Algarabía o Lautaro Muñoz.

O cómo es posible que el Patriarca acepte la muerte de Leticia y de su único hijo.

O si existieron de verdad dictadores analfabetos, “mono testiculares”  o que trampeaban con la lotería.

O cualquier otra pregunta que te haga el libro durante su lectura.

Porque GGM puso su intención de autor en todas y cada una de las palabas de El otoño del Patriarca, “que escribí como se escriben los versos, palabra por palabra”, es una puerta de los mundos.

Porque GGM escribió el libro de la única figura mitológica de la América Latina y que según Unamuno “el que crea un mito, crea una fuente de realidades futuras”, este libro es un diálogo permanente de resonancias y retumbos.

Nada presagiaba el flechazo: una lectura impuesta por una oposición cualquiera, una edición de bolsillo, un ojear de páginas rectangulares justificadas sin aparente atractivo. Ningún presentimiento de coup de foudre, del choque del rayo que anonada las neuronas y nos deja indefensos frente a la aparición centelleante del otro.

Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad se despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Solo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guardia del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita.

Nada presagiaba un arrebato de pasión: un enésimo libro del dictador, los compañeros más tempraneros comentando lenguaje y lectura inaccesibles, qué puede venir después de Cien años de soledad. Ningún presentimiento de ravage passionnel, donde las proezas lingüísticas excitan nuestras neuronas y nos dejan temblorosos frente a la escritura magistral del otro.

A lo largo del primer patio, cuyas baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el retén en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el largo mesón de tablones bastos con las sobras del almuerzo dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más lento que las vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera…

Nada presagiaba una relación duradera en este flujo continuo de palabras. Ningún presentimiento de relation au long cours, del diálogo nutritivo que activa nuestras neuronas y nos mantiene alertas frente a la constante perturbación del otro.

Y aquí debería reseñar el libro entero. Sin excepción.

Por todo ello, este libro ha sido agraciado con mi premio “Relación de mesilla de noche”.

Y tú, ¿concederías este premio a El otoño del Patriarca?

 

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